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Alégrate. Hoy es un gran día. Ha llegado el momento que tanto has perseguido y buscado. Ya no te quiero. Enhorabuena, todo ha sido mérito tuyo. Te has dedicado este tiempo a descuidarme, a demostrar tu apatía, tu nula empatía y falta de interés, a gritarme con silencios que ya no soy nada en tu vida. ¿Te acuerdas cuando nos conocimos? Te morías por mí. Pero claro, luego te demostré mi amor, y entonces se acabó. Te acostumbraste a no necesitarme, a tenerme sin pedirme, y a ser amado sin merecerlo. 

Recuerdo cuando me mirabas y se paraba el tiempo, cuando me prometiste amor eterno con sabor a viaje de ida, cuando hablabas de nuestros increíbles mundos paralelos, cuando me convenciste para dejarlo todo por paseos inventados por el cielo. Lo sé, no te acuerdas; te pasa como a mí con tus caricias. 

¿Sabes? Admiro y odio tu frialdad por igual. La odio pq me da asco pensar que te quieres tanto que no dejarás nunca espacio para invertir en sentimientos. Y la admiro porque si tuviese la mitad de tu frialdad sería el triple de invencible que tú. Es curioso, tengo una mezcla de sensaciones difícil de explicar. Por un lado me dan náuseas de pensar que no te importa que mis sentimientos se hayan lapidado; pero por otro, solo de comprobar que ya no soy tu marioneta reconozco que mi corazón bombea confetti. 

Sea como sea, ambos hemos ganado, así que muchas felicidades, ya puedes celebrar tu misión cumplida, que yo haré lo mismo con mi maravillosa carta de libertad. ¿Cómo? ¿Que las cosas no son lo que parecen? ¿Que me voy a arrepentir? ¿De qué? ¿De saber que ya sabes lo que yo nunca supe y siempre quise saber? ¿Que no sé lo que hago? ¿Que te perdone? Por supuesto que te perdono, precisamente por eso, porque ya no te quiero.